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El Tour ha vivido algunos momentos decisivos a lo largo de su historia, como, por ejemplo, en 1930, con un hito que supuso un gran cambio de imagen. La primera decisión que tomó el entonces director, Henri Desgrange, resultó ser toda una revolución. Harto de los tejemanejes de los equipos de marcas de bicicletas, decidió modificar completamente el reglamento para acabar con su control sobre la prueba. La reflexión dio sus frutos: el pelotón estaría compuesto por equipos nacionales y todos los corredores estarían equipados con la misma bicicleta, proporcionada por el organizador. El proyecto resulta muy atrayente, a la par que costoso. Desgrange, nunca falto de ideas, encontró entonces una solución para financiar su reforma. Consigue llenar las arcas del Tour, haciendo un llamamiento a las grandes marcas del país para que participen en una caravana publicitaria. Y en ese momento nace un entretenimiento que transforma la naturaleza del espectáculo. Ya no se acudirá al Tour solo para ver pasar a los corredores.
La fórmula elegida, un desfile de vehículos originales que «hacen publicidad» distribuyendo regalos, se convierte inmediatamente en un gran éxito. Los primeros anunciantes, como «La vaca que ríe», se ganan la simpatía del público, que se presta rápidamente al juego. Casi ochenta años después, la caravana se ha convertido en un elemento a título propio del espectáculo del Tour. La procesión multiforme y multicolor, inseparable de la carrera a la que precede, ofrece un espectáculo de 45 minutos de duración. Jóvenes y no tan jóvenes comentan al borde de la carretera la creatividad y el gran tamaño de las carrozas, mientras se apresuran a pedir regalos… Según una encuesta realizada entre el público del Tour, un 39% de los espectadores acuden, en primer lugar, para ver la caravana publicitaria.